El hincha
Me vuelvo un niño cuando juega Perú. Me ilusiono tantas veces y no aprendo la lección. No importa cuantas otras se ha quebrado el corazón. Como novia enamorada solo creo en mi ilusión y me niego a aceptar una verdad que hace más de 30 años se repite sin cambiar. Esta vez tiene que ser- me digo a mi mismo- y no quiero razonar…y mira si otros me lo advierten. Esos que para mi no son hinchas, los que no son peruanos, los que pueden quererme y estar a mi lado, pero suenan malvados con tremendas impertinencias: »¿Para que ves el partido?» »¿acaso no sabes que van a perder como siempre?» Pero así soy yo y otros millones de paisanos que cuando juega la blanquirroja creemos y lo dejamos todo para luego sufrir en el alma cada una de las derrotas que tiene nuestro equipo.
No exagero con lo dicho. Estoy seguro que mi desvelo no es nada comparado a los tamaños sacrificios que pueden hacer otros verdaderos hinchas de la bicolor. Cruzar medio país para seguir a los colores, arriesgar la vida acudiendo al Estadio Nacional, arriesgar el bolsillo comprando la reventa, arriesgar la garganta desgañitándose al gritar el ¡Arriba Perú! Todo mientras se espera un gol que no llega, porque el gol que llega siempre es del otro, el del maldito rival que también siempre es mejor que nosotros, porque siempre es el que marca primero.
¿Pero, qué derecho tienen once »patea pelotas» a jodernos la ilusión? No son extraterrestres, ni súper estrellas, son solo deportistas como otros boxeadores, corredores, pilotos, ajedrecistas o voleybolistas que sí nos alegran la existencia con sus triunfos y se rompen cada día por darnos más y más. ¿Qué corona tienen estos para preferirlos a ellos, antes que a los verdaderos peruanos humildes? ¿No es acaso suficiente con la millonada que ganan? Parece que No. porque siempre estarán ahí para hacer con nosotros lo que quieran y nosotros estaremos para ellos, para seguir pagando cada uno de sus caprichos.











¿Nosotros, Kemosabe????