Del Quirquincho al Charango, la historia de la pequeña guitarra peruana
En lo alto del Altiplano, que abarca Perú y Bolivia, yace una antigua leyenda andina sobre un animal tranquilo que anhelaba cantar.
Por: David Linn
El armadillo o quirquincho se sentaba junto a los lagos durante horas, escuchando a las ranas y los pájaros, triste por no poder unirse a los melodiosos sonidos. Se decía que solo después de su muerte, y al ofrecer su caparazón como cuerpo de un charango, el armadillo recuperó su voz. Este mito proporciona el alma de la guitarra más pequeña del Perú.
La historia del charango
El charango es un pequeño instrumento musical de cuerdas tipo laúd, originario de las regiones del Altiplano y popularizado por los pueblos quechua y aymara. El charango, similar a una pequeña guitarra, tiene orígenes que se remontan a la época colonial, cuando los españoles trajeron sus instrumentos musicales, como la vihuela y la guitarra.
Durante la época colonial, a los indígenas no se les permitía tocar los instrumentos españoles. Ingeniosamente, adaptaron la forma de la vihuela utilizando materiales que tenían a mano, como el caparazón de armadillo, como una forma de resistencia cultural.
En el altiplano (la meseta andina), los árboles escasean, y como la madera es cara, el caparazón de armadillo seco proporcionó una cámara hueca natural, ideal para un pequeño instrumento de cuerda portátil. Si bien el caparazón de armadillo (quirquincho) proporcionó el cuerpo físico, la tradición andina ofrece una sugerencia más misteriosa para el «alma» del charango. En las escarpadas quebradas de Ayacucho y los valles sagrados de Cusco, un charango no se considera completo hasta que ha sido «bendecido» por lo sobrenatural.
Una sirena de agua dulce
Esto nos lleva a la leyenda de la Sirena de Agua Dulce. A diferencia de las sirenas de la mitología griega, que vivían en el mar, estas sirenas provienen de manantiales de montaña y cascadas ocultas.
Existen variantes de esta leyenda local. Una versión cuenta que, para darle al charango su verdadera voz, un maestro charanguista viaja a medianoche a un remoto manantial o cascada sagrada, dejando su charango durante la noche en la niebla, entre las rocas junto al agua. Se dice que las sirenas salen del agua a la luz de la luna para tocar el instrumento, afinando sus 10 cuerdas a una frecuencia inimaginable para el oído humano.
Cuando el músico regresa temprano por la mañana a buscar su instrumento, este emite un sonido «diabólico». La «afinación de sirena» es lo que produce el sonido cautivador, casi mágico, del charango peruano, tan poderoso que cautiva corazones, domina el viento y crea un puente entre lo terrenal y lo celestial.
Hoy en día, el charango ha evolucionado desde sus humildes orígenes en los Andes como una adaptación de las cuerdas españolas hasta convertirse en un ícono nacional.
En 2007, el charango fue reconocido como Patrimonio Cultural de la Nación por el gobierno peruano. Este reconocimiento destacó la importancia del charango como instrumento panandino, su larga historia y su importante papel en la música tradicional peruana, especialmente en las regiones andinas de Cusco, Ayacucho y Puno, así como su uso en formas musicales como los huaynos y los yaravíes.
Hoy en día, el charango ha evolucionado del caparazón de armadillo a ser tallado en maderas como el naranjillo y el cedro, y se puede escuchar en fusiones de jazz y música clásica.
En un discreto reconocimiento al quirquincho, en varios talleres de lutieres de Cusco y Ayacucho, los charangos modernos de madera están finamente tallados con crestas que se asemejan al caparazón del armadillo, como un guiño al origen de los primeros charangos.
Foto: Gemini













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