Sueños confinados

No quería contarlo del todo porque sentía que llegada la hora mi alegría desbordaría y se ilustraría de una mejor forma mi felicidad de ese específico momento. Es extraño, porque siguiendo la tendencia que casi todos tenemos en redes, no me hubiera tardado ni un segundo en presumir de los pasajes, el tour completo y hasta las reservas para mostrar lo exitoso que finalmente fui al lograr uno de mis más preciados sueños.
Es cierto, si lo comparamos con otros reales estragos que ha ocasionado la pandemia, lo mío puede no ser un gran drama. Pero, traten de comprenderme un poquito. Con un núcleo familiar tan pequeño, casi inexistente, lo que se venía para mí era tan indescriptible como increíble. Y a pesar de haber obtenido la respuesta con cierta antelación, yo todavía me sentía adormecido, como anestesiado, como cuando uno no se termina de creer las cosas. Quizá sería por lo tanto que intenté y por el tiempo que pasó antes de lograrlo, Pero así fue, y por fin se dio. Mi progenitor y mejor amigo tenía por fin esa deseada visa que tanto buscamos y a ambos nos esperaban, por primera vez, ansiados días en Inglaterra, España y quizá algún otro destino más.
Mi padre en base 80, yo en la recta final de los cuarenta. Mamá Rut expectante, feliz desde el cielo, y aquí una contenida alegría que no había terminado de sacarme del pecho. Recuerdo que lo intenté con ella, unas tres veces. Requisitos completos, papeleo hecho, tasas pagadas, pero a alguien ajeno a nuestros deseos se le ocurrió que no. Lo sentí mucho por mí, me dolió en el alma. Más dolió por mi querida viejita que tenía todas las ganas del mundo. Eran los días en que España gozaba de una salud económica y entonces se daba el lujo de rechazar muchos anhelos de inmigrantes.
El tiempo pasó y lo intenté otra vez con mi padre. Y ahí estuvimos de nuevo. En la absurda situación de tener que probar que un hombre de más de 70 años no llegaba a la Madre Patria para intentar quedarse trabajando de ilegal. Eran otros tiempos. Una visa para Europa era, en muchos casos, un sueño inalcanzable.
Pasaron más años, como una docena de ellos, y esta vez, desde un nuevo país ya con nuevos bríos lo volvimos a intentar. Y hasta que la hicimos. Por fin «ligó». Mi padre y yo en equipo lo logramos, el visado fue otorgado. Este abril del 2020 sería el momento en el que cumpliríamos uno de nuestros anhelos más injustamente postergados. Pero ya todos sabemos lo que fue. Y lo cuento desde el sofá de mi encierro. «El hombre propone, y Dios dispone», cuanta verdad hay en ese enunciado, ¿cierto?
Nuestros pasajes de avión se convirtieron en bonos reusables con fecha de caducidad. Como la visa misma. Habrá que seguir esperando como lo hacen todos. Esperando salir de esta. Un virus redondito con patitas o coronas (me pregunto si realmente se le ve así en un microscopio), se interpuso entre nosotros y rompió los anhelos de dos como ha roto o postergado millones de sueños en el mundo.
Esa es mi historia, y por supuesto que es solo una más, pero es la mía.
Nos queda la tranquilidad de que hicimos lo correcto. No había más caminos. Sigamos nomas.
Un poco aburridos, agobiados, bastante más gordos, pero sanos con la ayuda de Dios. Sigamos resistiendo desde el mejor lugar del mundo. En donde se está más seguro.
¡Quedémonos un poco más en casa!
Foto: PublicDomainPictures en Pixabay.












Paciencia, para que no haya más pacientes.