No hacen falta las estrellas
No hacen falta ni cinco, ni cuatro, ni media estrella para comer delicioso. Para comer rico acude sin miedo a restaurantes sin manteles finos, cubertería de plata, ni reservas previas. No te enrolles y camina directo a la gloria, porque, si la comida es peruana, todo lo que no sea sabrosa sazón sale sobrando.
Una compañera de trabajo española le comentó a este servidor que había encontrado un rinconcito peruano en Camden Town. Ella en compañía de otra amiga mexicana había disfrutado de un riquísima comida nada menos que en el mercado de Camden, sí aquí en el mero Londres. Así es, hablamos de un extravagante y loquísimo lugar famoso en el mundo por albergar un mercado callejero que ofrece de todo. Un área que a diario trajinan miles de turistas del mundo y que luego de comprar o solo mirar desde lo más simple hasta lo más inimaginable buscan calmar sus apetitos con toda la comida del mundo, manjares que se puede encontrar en este mercado. Ahí están cada día todas las cocinas del planeta entero repartidas en pequeños puestos multisabores.
Sabía que no iba a ser tarea fácil encontrar un lugarcito de comida peruana entre cientos de puestecillos móviles repartidos en tan extensa zona, lo asumía, pero mi espíritu guerrero e indomable me alentaba a seguir sin detenerme mientras sorteaba a toda clase de gente de vida alternativa y a otros tantos adorables chiflados. Uno a uno revisaba los variados puestos mientras afinando el olfato buscaba la fragancia del sabor peruano. Esa que me llevaría hacia un lomo saltado, a una Papa a la huancaína o a unos suculentos anticuchos. A la hora exacta del lunch, yo todavía seguía mi búsqueda y sin desfallecer esquivaba medio amablemente a afanados cocineros del mundo que casi me ponían los platillos en la cara. Las chefs tailandesas eran de las más insistentes y baratitas con ofertones de 3 y 4 libras por un plato con un combinando de todo. Pero nada podía detenerme. Yo seguía mi camino y ya había utilizado cuatro veces mi atrevido spanglish para preguntar sobre aquellos peruanos, que aún no aparecían. No me rendía , pero sí me cansaba hasta cuando por fin los ubique, los olfateé y seguí el rastro cuan agudo can y así fue como mi estómago y yo vimos finalmente la luz.
Pequeño pero grande en sabor, reconocí al instante la cara de mis paisanos que tenían para ofrecerme las delicias de mi país. Ahí estaban los anticuchos y el lomo saltado, tal y como los había imaginado. Inmediatamente, me presente y me puse a comer en ese pequeño puesto de comida peruana llamado Limeña . Una amable señora me sirvió como para náufrago mientras me dijo que eran de la Victoria, sí de la »rica vicky». Yo comía, saboreaba , parado no más, aunque había banquitas para comer agachados. Estuvo delicioso y debo reconocer que quedé encantando. No había comido nada peruano en un buen tiempo, así que la experiencia culinaria fue casi un orgasmo, de sabor claro está. Quedé complacido tanto que ni el nombre pregunté a mis anfitriones. Pero no hay problema, prometo volver, porque volveré para hacerles un reportaje de verdad serio. ¡Se lo merecen!…y porque la doñita me dijo que los fines de semana su hermana tiene otro puesto a unos metros, uno donde el plato estrella es el ceviche.







Esta linda historia que nos comentas, vivencia tuya, real y actual, nos hace pensar cuantos miles de peruanos muy lejos de Perú deben extrañar a su familia, amigos y en este caso la gastronomía motivo de este tema. Gracias por hacernos meditar, gracias peruchito