La Ruta Inka: una experiencia que el Perú no debería seguir ignorando
La Ruta Inka es un programa de encuentro intercultural que, durante más de veinticinco años, ha acercado a jóvenes del mundo a la historia, las culturas vivas y las comunidades de nuestro continente. Hoy, después de la experiencia acumulada, busca su institucionalización como política de Estado, condición para proyectar la Ruta Inka 2027 y poner nuevamente en valor el potencial construido a lo largo de tantos años.
Por: Pamela Valverde de Thomson
Para fortalecer e institucionalizar la Ruta Inka se viene recuperando su memoria histórica mediante testimonios, fotografías y documentos. Por eso quiero compartir algunos recuerdos de mi participación en la Ruta Inka 2005 – En busca de Machupicchu por el Qhapaqñan, cuya convocatoria fue anunciada por el entonces presidente regional de Pasco, ingeniero Víctor Raúl Espinoza, desde la sede de la Asamblea Nacional de Rectores, mientras la Universidad Nacional Mayor de San Marcos asumía la Vicepresidencia Académica.
Tuve la oportunidad de participar en los actos inaugurales realizados en el campus de San Marcos, pero uno de los recuerdos que permanece más vivo en mi memoria es el emocionante concierto en el Teatro Segura. Cuando el Grupo Yawar interpretó “La Ruta Inka te llama”, los expedicionarios saltamos del palco al estrado a bailar, contagiados por una emoción imposible de contener, a la que pronto se sumó el público asistente.
Aquella fue una noche de música, alegría y fraternidad que nos hizo sentir que estábamos a punto de iniciar algo extraordinario. Por mis obligaciones universitarias no pude acompañar toda la expedición, que partió en busca de Caral y de la herencia cultural del Perú profundo, recorriendo Áncash, Huánuco, Pasco, Junín, Ayacucho y Apurímac rumbo a Machupicchu. Me perdí, entre otros momentos, el paso por Pasco, donde el presidente regional, quien para esta edición asumió la Presidencia de la Ruta Inka, distinguió a los ruteros como Embajadores Honorarios de Pasco. Sin embargo, las emociones que había vivido fueron tan intensas que, apenas terminé mis compromisos académicos, tomé el primer avión al Cusco para alcanzarlos y compartir con ellos el recorrido por el Valle Sagrado, Sacsayhuamán y Machu Picchu.
Éramos alrededor de ochenta jóvenes de diferentes países, entre ellos Taiwán, Finlandia, España, Puerto Rico, Costa Rica, México, Ecuador, Estados Unidos, Chile y Perú. Aquella diversidad me hizo comprender que el Perú profundo podía despertar un enorme interés más allá de nuestras fronteras. Aunque mi participación en el recorrido fue breve, en mis horas libres apoyé como voluntaria durante la fase preparatoria y pude conocer de cerca todo el trabajo que existía detrás de una expedición de esta magnitud: giras de coordinación, viajes preparatorios y enormes esfuerzos para superar dificultades y sumar voluntades. Para mí, la Ruta fue mucho más que un viaje. Fue una manera de aprender caminando, de acercarse directamente a pueblos y culturas que difícilmente se conocen desde un aula o como simples turistas y, sobre todo, de descubrir que el encuentro entre jóvenes de diferentes procedencias puede generar fuertes vínculos y un sentimiento de pertenencia que trasciende fronteras.
Por eso considero que la presidenta Keiko Fujimori debería mirar con atención el potencial de esta Embajada Cultural. La Ruta Quetzal demostró lo que puede lograrse cuando una iniciativa de esta naturaleza cuenta con el decidido respaldo de un Estado. La Ruta Inka, en cambio, ha logrado mantenerse viva principalmente gracias al apoyo del Perú profundo —sus comunidades, autoridades locales e instituciones— y de gobiernos y pueblos de otros países que creyeron en ella.
Existe una deuda pendiente con una iniciativa nacida en el Valle Sagrado de los Incas a inicios de este siglo que, pese a no haber contado con un respaldo institucional permanente de su propio Estado, ha construido una experiencia, una memoria y una red de vínculos de enorme valor. Su institucionalización podría comenzar a saldar esa deuda, poniendo todo ese capital acumulado al servicio de la cohesión social y acercando a los jóvenes a la diversidad, la historia y las realidades de un país que muchas veces desconocemos nosotros mismos. Y si ello hiciera posible la Ruta Inka 2027 y su llegada a Tenochtitlán, se abriría también una extraordinaria oportunidad para fortalecer los vínculos entre el Perú y México, no solo a nivel gubernamental, sino directamente entre sus pueblos, comunidades y juventudes: una poderosa forma de diplomacia cultural.
Con este testimonio deseo aportar a ese esfuerzo y expresar mi esperanza de que las nuevas generaciones puedan vivir experiencias tan enriquecedoras y transformadoras como la que yo tuve la fortuna de conocer.
Foto: Ruta Inka













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